Dic 12

El último nombre era el del editor de la obra y el de Lichnowsky correspondía al príncipe, gran “amateur” y mecenas generoso, cuyo palacio de Viena se hallaba frecuentado por los hombres más eminentes de las artes. Sus conciertos semanales tenían fama en todo el imperio por la calidad de la música que en ellos se escuchaba y de los instrumentistas que tomaban parte. Lichnowsky fuá uno de los grandes y más fieles amigos que Beethoven tuvo desde su juventud, llegando en su afecto y admiración por el compositor a alojarlo en su propio palacio durante algún tiempo. En agradecimiento a dicho personaje, al cual ya dedicara Beethoven su “opus” 1, le dedicó también esta sonata y otras importante obras posteriores, como la segunda sinfonía.

De tal modo, Beethoven, quien comenzó su carrera recogiendo brillantemente la herencia de sus ilustres predecesores, señaló muy pronto orientaciones futuras con su genio creador, pues ya en la Sonata Patética, escrita probablemente, antes de cumplir 28 años, se muestra un indicio, el primer intento de unidad cíclica, a base de un motivo cíclico, célula temática generatriz de la composición. De esta iniciativa genial, explotada y desarrollada más tarde notablemente por diversos maestros modernos (Franck, especialmente) daría después Beethoven otras pruebas aún mucho más admirables y decisivas. Ese motivo básico de la Patética es un diseño ascendente formado por cuatro notas (sol, do, re, mi bemol), las cuales engendran varios de los temas principales o se encuentran contenidas en ellos de modo sugerente. d’Indy, quien no concede a la música de esta obra especial importancia entre otras de sus contemporáneas, reconoce que su arquitectura es extraordinaria en su época. >> Ir a la parte 3.